domingo, 4 de enero de 2015

La vida es Lynch.

Llevo ya años con la idea de crear un blog con anécdotas que me ocurren en los supermercados. Cuando vivía con mis padres, ir a comprar víveres me parecía la tarea más aburrida y cotidiana del mundo; debido a que teníamos un restaurante, todos las noches, después de cerrar el negocio, íbamos a comprar verduras, frutas y carne fresca para nuestros clientes. Las cajeras y demás personal del supermercado favorito de mi papá nos vieron crecer. Hace poco, incluso, supe del fallecimiento de una señora que empacaba jamón y me puse triste, ya que era muy amable, sonriente y siempre que regalaba alguna rebanada extra. En ese entonces, ir al supermercado era algo rutinario. Al mudarme a Monterrey y vivir sola, descubrí que si no tienes un restaurante, puedes ir a comprar víveres sólo ocasionalmente. Tengo amigos que van una vez al mes (pero verdaderamente no sé cómo sobreviven). Yo soy de las que decido ir una vez a la semana, uno de esos días que tienen oferta de frutas y verduras. Pero desde que voy sola al supermercado, me suceden las cosas más inverosímiles; siempre que voy a comprar comida, regreso a casa con cientos de ideas para el blog. Desafortunadamente para usted, mi querida/o lector, y también un poco desafortunado para mi, siempre me ocupo acomodando las compras y pocas veces llego directo a la computadora o a mi libreta a escribir. Pero esta vez es necesario escribir sobre lo que pasó. He tomado varios cursos de primeros auxilios en mi vida; los primeros por simple curiosidad, los más recientes, cuando empecé a andar en bicicleta y temía no poder ayudar a alguien que resultara herido en un Colectivo bicicletero o no saber cómo actuar si me atropellaban. Por estas razones, nunca pensé que fuera a ocupar los conocimientos adquiridos en el supermercado. Hoy por la tarde, tras lavar ropa y barrer mi cuarto, me di cuenta de que necesitaba papel higiénico; he estado gastando cantidades industriales gracias al resfriado que invade mi cuerpo desde la semana pasada. Así que me subí a la bici y le envié un mensaje a Ciro, un amigo que suele acompañarme a comprar pan y charlar mientras hago mis compras. Ciro también se subió a su bici y nos dirigimos al supermercado. Escogimos pan, compré papel y unas manzanas y ambos compramos un panqué de zanahoria. Pagamos y nos sentamos a comer. Al lado de nosotros, estaba una señora de unos 70 años. Algo iba mal con la señora, podía verlo; su hijo la miraba aprensivamente y ella no hablaba, sólo se tocaba el pecho. Dudé, pero me acerqué y pregunté si necesitaban ayuda. El señor asintió y su mirada de miedo me caló hondo. Comencé a hablar con la señora, quien me dijo que era hipertensa. Al tener una madre con presión arterial alta, he practicado en mi cabeza millones de veces lo que debo hacer en caso de que se sienta mal, así que lancé el discurso que tengo preparado, y que realmente espero nunca tener que usar con mi madre, y averigüe el nombre del medicamento que debe tomar, si lo había tomado, si había consumido alimentos salados últimamente, si había dormido bien y si tenía algún dolor en el pecho. Su hijo me dijo que había quedado catatónica por unos instantes, así que me dispuse a descartar que estuviera sufriendo una embolia. La señora respondió a mis estímulos, me dio el nombre del medicamento, me confirmó que lo había tomado, pero me dijo que llevaba días sin dormir y que había comido mucha sal en la comida. Me dijo que tenía mucha sed, así que fui por agua y bebió. Sentía como cada fibra de mi cuerpo se enfocaba en no permitir que la señora se fuera a dormir. Estuvimos charlando y, por momentos, la hice sonreír. Luego llegaron los paramédicos, su hijo me agradeció la ayuda y los profesionales la atendieron. Ciro y yo salimos del supermercado temblando. La fragilidad de la vida es asombrosamente espeluznante. Lo que acontece en los supermercados es sorpresivamente muy Lynch. Mientras escribo esto, sigo temblando y suspirando. Fumaré un cigarro y le hablaré a mi mamá para decirle que la quiero. Traten de tomar un curso de primeros auxilios y de vivir, de vivir mucho y bien.